De repente todo empezó a girar muy rápidamente. Solo veía sombras borrosas. Cerré los ojos para no marearme. La cabeza empezó a darme vueltas y se me nubló la vista.
Me despertó un fuerte sonido, seguido de un grito que parecía inhumano. Aún no veía bien y tardé un poco en despertarme del todo. Estaba sentada en un suelo frío, y todo a mi alrededor era de color blanco, excepto una mancha negra que se acercaba a mí a toda velocidad.
¡El pájaro! Estaba otra vez en esa sala. ¿Habría sido solo un sueño? Per él no me dio tiempo para pensar, ya que se abalanzó sobre mí con mucha fuerza. Rodé hacia un lado instintivamente y el pico del gran ave pasó rozando mi espalda. Entonces, sin darme tiempo de reaccionar, volvió a la carga. Esta vez me acertó en el hombro, y el suelo se empezó a cubrir de gotas rojas. Me intenté cubrir la herida con la mano, pero se me empapó de sangre.
Hice un esfuerzo i miré hacia abajo. Lo que vi me dejó sin respiración. El pico del pájaro me había traspasado la carne y había hecho un agujero en mi piel. El contorno de la herida estaba lleno de una espuma verdosa que iba extendiéndose cada vez más, y que hacía que la herida escociera. Al cabo de poco tiempo tenía todo el brazo lleno de esa substancia verde. Supuse que contenía algo tóxico, porque sentí como me mareaba y perdí el conocimiento.
Me desperté de golpe con la cabeza adolorida. Estaba en una habitación completamente blanca. Miré hacia mi hombro, por acto reflejo, pero en el lugar donde tenía que haber la herida solo había una cicatriz rojiza. No había rastro de la espuma verde ni de la sangre. Un poco más despierta, me percaté que estaba tumbada en una cama. Alguien pasó por mi lado, pero no le pude ver porque tenía la vista nublada. Otra persona (no era la misma, lo deduje porque el sonido de sus pasos era más apagado) se acercó a mí y me puso un pañuelo con delante de la nariz. Inmediatamente caí en un sueño profundo, del que no me desperté hasta trece horas después.
El sonido de unas voces me despertó. El hombro ya no me dolía y me habían puesto un vendaje. Me lo quité con cuidado, y ahogué una exclamación. La herida ya no estaba.
Me volvieron al oído las voces de antes, solo que ahora estaban más cerca.
Me acerqué a la puerta, decorada con unos símbolos extraños que estaban grabados alrededor de todo el marco. Era de un extraño color, ni verde ni marrón. Parecía la corteza de un árbol muy viejo, recubierto de musgo. También había símbolos alrededor de la habitación, pero casi no se veían, ya que estaban cubiertas de plantas enredaderas en su mayor parte. Hasta ese momento no me había fijado en que esa habitación no era normal. Parecía que un niño pequeño hubiese cortado un trozo del amazonas y lo hubiera pegado ahí. Las plantas estaban dispuestas desordenadamente, sin ningún sentido. Había flores de todos los colores colgadas del techo, y la cama estaba sujetada por dos ramas muy gruesas. En el centro de la habitación había un árbol. Su tronco era muy ancho, haría tres metros de diámetro. Tenía la misma textura que la puerta. El tronco rugoso y lleno de musgo, pero, desprendía una luz que era la única iluminación de la sala. El conjunto era desconcertante, pero a la vez maravilloso, y la habitación tenía un halo misterioso, mágico.
Me alejé de la puerta y recorrí con las puntas de los dedos las paredes, que eran un enmarañado de enredaderas y otro tipo de plantas que desconocía pero que eran parecidas a estas, solo que mucho más gruesas y sin hojas. Las plantas desprendían una especie de energía que las envolvía, haciéndolas brillar casi imperceptiblemente.
En ese momento escuché un sonido de pasos que se acercaban. Me metí en la cama de un salto y fingí que dormía.
Efectivamente, en ese momento entró un chico en la habitación. Era delgado y tenía el pelo negro azabache. Los ojos, grandes y expresivos, eran de un precioso color verde jade. Se movía con la agilidad de un gato. No iba vestido como los otros magos que había visto, sino que llevaba una camisa negra con los bordes verdes y unos pantalones del mismo estilo. No era ropa de mago, pero era cómoda para caminar por esa habitación, ya que una túnica se habría enganchado en las ramas. Parecía que no me había visto, o quizás pensaba que estaba dormida. El muchacho (calculé que no debía tener más de quince años) cruzó la habitación esquivando los tallos y las ramas y salió por una obertura que había al otro lado, y que yo no había visto. Estaba cubierta por una especie de neblina blanca que impedía ver que había más al otro lado, por lo que cuando el chico salió por la obertura, me levanté de la cama y me acerqué a ella. Me apoyé en el alféizar y miré al exterior. La neblina era sofocante, y producía un efecto claustrofóbico, ya que era muy densa. A pesar de eso, decidí seguir al misterioso chico.
Pasé a través del agujero con facilidad, ya que estaba muy delgada. A través de la niebla no veía nada, por lo que tuve que caminar a ciegas durante un buen rato.
Al fin la niebla se empezó a disipar y pude ver alguna cosa.
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